ESTA MURALLA RESISTIÓ A LOS FRANCESES


PUBLICADO UN LIBRO SOBRE EL ASEDIO A HONDARRIBIA DE 1638. SEGÚN PARECE, EL BLOQUEO NUNCA FUE TOTAL. PUDIERON ENTRAR TROPAS DE REFUERZO Y SALIR LOS MENSAJEROS

El Diario Vasco
7 de enero de 2012
El año 1638, Hondarribia soportó 69 días de asedio por parte del ejército del rey francés Luis XIII y su mano derecha, el cardenal Richelieu. Los franceses sufrieron grandes pérdidas humanas y vieron dañado su honor. No pudieron tomar esa plaza fronteriza. El pasado 2008, con motivo de los 370 años del ataque, se pronunciaron varias conferencias que ahora han quedado recogidas en un libro. Hemos visitado esa plaza fuerte junto a uno de los historiadores que ha trabajado sobre el tema: Carlos Rilova Jericó. Y escribimos las impresiones para que, a partir de ahora, cuando nos acerquemos a Hondarribia, percibamos que estamos ante un enclave militar con una historia muy extensa.

Rilova vive a caballo entre San Sebastián y Hondarribia. Conoce todos los rincones de la villa fronteriza. «Hacer caer esta muralla era una empresa muy ardua. Por eso envió Francia un ejército de 20.000 hombres. Pero ni aún así», nos comenta. Aquel asedio fue uno de los episodios más interesantres de la llamada Guerra de los Treinta Años (1618-1648)
Quien se para frente al parador nacional de Hondarribia puede ver en aquella gruesa fachada los impactos de los cañones de los sitiadores. «Los cañones de esa época de mediados del XVII eran de avancarga (carga por delante) y no tenían el alcance de los Krupp del siglo XIX. En 1876, cuando los carlistas asediaron San Sebastián, ese tipo de cañón instalado en Igeldo, en la zona de Aitzorrotz, era capaz de impactar -e impactaba, de hecho- en la iglesia de San Vicente de la Parte Vieja donostiarra», nos comenta el historiador. Por lo tanto, se puede decir que se dobló la potencia de tiro.

Los franceses lanzaron dos tipos de proyectiles: las bombas macizas y las de carga hueca, estas últimas rellenas de pólvora y metralla, y con una mecha exterior, como en los cómics. Destruyeron casi todos los edificios de la villa, pero la muralla no cedió. Intentaron minarla, mediante el viejo sistema de realizar un túnel hasta la base, para luego llenar el hueco de barriles de pólvora. Pero tras la deflagración, había que saltar sobre las ruinas, o escalar, y en ese momento entraban en acción los arcabuceros y mosqueteros del interior del recinto amurallado. No era fácil.

El libro que se publica ahora incluye también la conferencia sobre los aspectos militares del asedio pronunciada por César Fernández Antuña, especialista en Historia Militar. Destaca el dato de que los franceses llegaron hasta Hondarribia y prepararon las baterías con morteros y cañones sin que les costara una gota de sangre. Hasta ese momento todo fue un auténtico paseo. Y todo eso, porque el Conde-Duque de Olivares (valido del rey Felipe IV) no hizo excesivo caso de los avisos que le iban llegando desde la frontera. Así las cosas, cuando se produce la invasión, Hondarribia se encuentra desabastecida de pertrechos y desguarnecida de tropas.

El jefe de los franceses, Condé, confiaba en obtener la plaza antes de que llegara el ejército de Felipe IV, pero ocurrió que el bloqueo nunca fue total: durante los primeros días entraron tropas de refuerzo, y luego los mensajeros pudieron hacer su trabajo prácticamente durante los dos meses del asedio.

Según Rilova, autor de la conferecia ‘Un día en la vida cotidiana del siglo XVII’, en aquella época, la mayor parte de los habitantes de la villa vivían del mar, y buena parte de los vecinos eran analfabetos. El Ayuntamiento llevaba ya un tiempo haciendo esfuerzos para que los niños de ambos sexos supieran leer, escribir, hacer cuentas y conocieran la doctina cristiana, para lo que había contratado a un ‘maestre escuela’ llamado Juan de Calatayud.

Por otra parte, Carlos Rilova Jericó ha podido comprobar que el control de la Iglesia católica sobre la sociedad «era mucho más laxo de lo que se podía suponer. Muchos de los vecinos no observan una vida religiosa muy regular».